La Terapeuta


  El otro día tuve el privilegio de inaugurar el nuevo centro de yoga Mandiram Urquinaona (http://www.yogaenmandiram.com/), una especie de templo blanco, cálido y acogedor, con un silencio limpio que ya no se encuentra en Barcelona. En el fondo, las grandes profesionales que lo dirigen me habían invitado para hablar de mi libro. Pero, como llevo meses hablando de La Terapeuta, cuando salí al escenario (es un decir, no había escenario; estábamos sentados en el suelo de madera), decidí no hablar de mi libro. El libro, dije, ya habla por sí solo. Aprovechando que unos futuros estudiantes de Políticas y Derecho me acababan de entrevistar para un trabajo y me habían informado de que antes habían entrevistado a los alcaldables de Barcelona y sólo uno de ellos les había dicho que apostaba por la felicidad de sus ciudadanos (los otros, ante preguntas sobre el tema de la felicidad, se habían quedado a cuadros), en el centro de yoga Mandiram, hablé de política y felicidad. Me pregunté retóricamente qué sentido tiene hacer política si no es para contribuir a la felicidad de los ciudadanos. Recordé la Felicidad Nacional Bruta de Bután. La miden a partir de 9 parámetros, y sólo uno de ellos es económico. Aquí sólo nos fijamos en lo económico, en el PIB. En Bután se basan en la premisa de que el verdadero desarrollo de la sociedad humana se encuentra en la complementación del desarrollo material y espiritual. El Gobierno británico también quiere medir el nivel de felicidad de sus ciudadanos. En Francia y Canadá hay iniciativas similares. Aquí, a nuestros políticos les suena a chino, y cuando se les pregunta se quedan a cuadros. Como si hablar de felicidad fuese cursi. Igual que lo era para la generación de mis padres hablar de lo emocional. El resultado es que en estos momentos la ansiedad, el estrés y la depresión son la segunda causa de baja laboral y que en España ya se consumen más psicofármacos que aspirinas. ¿Y qué va a hacer nuestra clase política para ponerle remedio? ¿Estimular el consumo? Venga, todos a comprar. Mi modesta propuesta: pasar de la sociedad del tener a la del ser. Se logra con autoconocimiento. Introduciendo yoga y asignaturas de inteligencia emocional en las escuelas. Si a nuestros hijos nadie les ha enseñado cómo gestionar, por ejemplo, la emoción del miedo, ¿cómo queremos que sean buenos emprendedores? ¿Con miedo? ¿Cómo queremos que hagan bien su trabajo, con miedo? Si nadie les enseña a gestionar la ira, la violencia verbal —que es una forma de violencia— seguirá campando a sus anchas. Por no hablar de la violencia física. En el...

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  Un colega periodista de cultura de TV3 me dice, a raíz de la publicación de La Terapeuta. -¿Ya hace 5 años, que publicaste El Silencio? Dios mío; parece que fue ayer. El tiempo cada vez pasa más rápido. Será que nos estamos haciendo mayores. Le recomiendo al colega periodista el trabajo de Steve Taylor, antropólogo y profesor de la Universidad de Manchester. Taylor estudia por qué el tiempo transcurre a diferentes velocidades; y cómo dilatarlo. Sí, dilatar el tiempo. Taylor sostiene que si queremos dilatar el tiempo, necesitamos vivir experiencias nuevas. Cuando de niños todas nuestras impresiones y percepciones eran frescas, nuevas, parecía como si no existiese el tiempo. Un día era eterno. Pero a medida que nos hacemos mayores, nos desconectamos de la realidad. Nos repetimos una y otra vez nuestra película mental. Si queremos que el tiempo pase más despacio, Taylor recomienda viajar, ir al trabajo tomando nuevas rutas, comprar nuevas revistas, conocer nueva gente y hacer cosas que hasta ahora no habíamos hecho, acomodados a la rutina. En definitiva, se trata de vivir. Se trata de cambiar la forma de percibir el mundo. Una percepción más fresca. La vida es efímera, pero sus días pueden ser inmortales. A Taylor se le murió una amiga con 35 años. Y a pesar del terrible dolor, tenía un consuelo: la chica había viajado y vivido mucho, en el sentido de que había probado cosas nuevas, diferentes. Psicológicamente, me dijo este antropólogo, era como si hubiese vivido 70 años. No ocurriría lo mismo si se hubiese pasado media vida sentada ante el televisor. La tele nos adormece, me dijo Taylor, y una vida ante la tele es una vida más corta (psicológicamente). Los periodos de aburrimiento e inactividad dejan muchos menos recuerdos que los periodos de actividad. Por todo ello, he tomado dos decisiones: prestar mi tele a un amigo, y volar en avioneta. Siempre me ha dado miedo volar en una avioneta. Aún tengo mucho miedo. El resultado será diáfano: o el tiempo se dilatará, o ya no habrá más tiempo....

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Ni yo mismo sé hasta qué punto llega la realidad y la ficción en mi novela La terapeuta,  ni en ninguna otra. La frontera entre realidad y ficción, a mi entender, se tendría que revisar después de los últimos avances de la neurociencia. Hoy sabemos que el cerebro percibe exactamente igual una fantasía que una realidad, lo que la persona imagina que lo que tiene delante de sus narices. Se ve claro en el cine. Como espectadores, de vez en cuando desconectamos de la película; salimos de lo que técnicamente se denomina un estado modificado de conciencia. Pero durante el resto de la película (si la película es buena) empatizamos tanto con los personajes que a menudo se nos acelera el pulso. O nos asustamos, o lloramos con los personajes. Durante buena parte del tiempo de visión de una película o de una serie o de lectura de una novela, ni nuestro cerebro ni nuestro cuerpo aceptan que aquello es una irrealidad. Hace ya unos años que se ha demostrado científicamente que para el cerebro no existe diferencia entre realidad y ficción, y sin embargo los escritores seguimos haciendo esa distinción, hasta el extremo de que los hay que afirman escribir mentiras. Estoy en desacuerdo. Escribimos...

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Uno de los temas de La Terapeuta es la ansiedad. La novela está poblada de personajes ansiosos. El protagonista, Héctor Amat, es perfeccionista. Como se dice en la novela, la ansiedad y el perfeccionismo son la cara y la cruz de la misma moneda. Muchas mujeres padecen ansiedad. En cierto modo, la sociedad les exige que sean mujeres perfectas. Trabajadoras perfectas, madres perfectas, esposas perfectas, amantes perfectas. La ansiedad está garantizada. Y luego está el miedo al futuro. En nuestra sociedad, el miedo condiciona la economía, los trabajos y los hábitos. Nuestras conductas, nuestras relaciones. Y del miedo surge la ansiedad. La angustia está relacionada con el pasado, con cosas no resueltas. La ansiedad, con la anticipación del futuro. Uno de los motivos por los que nuestra sociedad está enferma es su obsesiva anticipación del futuro: el miedo a perder el trabajo. El miedo a lo que acontecerá pero aún no ha acontecido. El miedo a lo que quizá nunca acontecerá. Contratamos todo tipo de seguros “por si acaso”. Seguros médicos por si acaso nos da algo; seguros por si sufrimos accidentes de coche, por si se incendia nuestro piso, por si nos roban. Por si nos quedamos sin pensión de jubilación. Sí, la ansiedad está...

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