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Me ha costado atreverme a escribir «La mujer que no sabía llorar»   Editada por Destino, sale a la venta el próximo 5 de abril   La historia de una mujer que bloqueó sus emociones hasta el extremo de que no podía llorar, en modo alguno. Ni, por ejemplo, durante los funerales. Ni tampoco viendo dramas en el cine. Ni intentando evocar la emoción de la tristeza. Un bloqueo colosal. Siendo, como era ella, sexóloga -una de las primeras sexólogas, en una época en la que el sexo aún era un tabú-, compensaba su bloqueo emocional en la cama. El sexo como una escapatoria, o como una huida hacia delante. Una mujer insaciable.   Pero el sexo es una forma de energía vital. Tiene una dimensión espiritual. El sexo practicado de manera consciente, puede ser un camino hacia el despertar.   El narrador de «La mujer que no sabía llorar» conoció a la sexóloga, Daniela Costa-Pau, cuando tenía diecisiete años y era becario de un diario de provincias. Editaba los artículos de la sexóloga. «Todavía no entiendo por qué se encaprichó conmigo, un chico inexperto que no le llegaba a la suela del zapato. El caso es que, quién lo iba a decir, acabamos siendo amantes«. Fruto de aquella relación, él conoció la historia de ella, una historia fascinante que transcurre entre Girona y el campus de desarrollo personal Can Benet Vives (El Montnegre). Una historia sobre la sexualidad y la liberación sexual, la Alta Sensibilidad y las emociones reprimidas, la Ayahuasca y la verdadera dimensión de las personas.   A sus pacientes, ella les repetía un verso que había aprendido de la poeta Mary Oliver: «¿Qué piensas hacer con tu salvaje, preciosa, única vida?» Puedo dar fe de que Daniela Costa-Pau era salvaje, en el sentido de liberada. «La mujer que no sabía llorar» es un pequeño homenaje a su persona. Espero que la...

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Fue en la primavera de 2013 cuando vi en YouTube a un tipo campechano diciendo que el mundo no existe. Que todo es un sueño. Mi primera reacción fue echarme a reír. Pues vaya, pensé, qué desilusión. Sin embargo, el mensaje de aquel hombre era profundamente espiritual, a pesar de que él no llevaba túnica, ni meditaba, ni hacía rituales. Aseguraba que no tenía ninguna organización detrás, ninguna secta, ninguna religión. Soltaba tacos, bebía Coca-Cola y decía que hablaba para las marujas. Era uno de los nuevos fenómenos de internet, personas anónimas que de repente se convierten en celebridades sin el empuje de los medios. Algunos de sus vídeos habían sido reproducidos más de un millón de veces. Se llamaba Enric Corbera, y había registrado un método de curación sobre el que peroraba en universidades de Latinoamérica. Su tono en absoluto era académico. Seguía diciendo que hablaba para las marujas, y aunque estuviese en un paraninfo universitario sostenía no solo que “todos somos uno”, sino el otro mensaje que a mí me seguía turbando: “todo es un sueño”. Lo afirmaba ante rectores y decanos universitarios sentados en primera fila. ¿Qué tenía aquel hombre?, me preguntaba. ¿Era un charlatán? ¿Un vendedor de crecepelo? ¿De dónde demonios sacaba que nada era real? Decidí emprender una investigación periodística, y descubrí que su mensaje ¾el del misterioso libro “Un curso de milagros”¾  guardaba relación con el budismo y el hinduismo, concretamente con el Vedanta Advaita. Leí mucho sobre el Advaita. Fui a los retiros de algunos de sus principales divulgadores. Medité. Decidí escribir un dietario. Y también decidí seguir a aquel catalán que estaba triunfando en Latinoamérica con el mensaje no-dual. Enric Corbera tenía mucho de personaje novelesco. ¿Cómo era alguien que vivía como si estuviese soñando? Alguien que vivía como si él, para empezar, no existiese. ¿Cómo se veía ante el espejo, cómo veía a los demás? En los vídeos se dirigía al público recordándole que no existía: estaban soñando y dentro del sueño le habían creado a él, encima del escenario, hablando. Me parecía surrealista, a tal extremo que estuve tentado de escribir una novela sobre él. Pero no hacía falta, no hay ficción más alucinante que la realidad. El tipo vivía en Rubí, a pocos kilómetros de Barcelona. Lo podía localizar, y asistir a sus charlas. Así lo hice. Y decidí escribir mis observaciones y perplejidades en el libro “No soy de este mundo” (Ediciones B).   Escribí con escepticismo. Escribí sin pretender convencer a nadie. Para empezar, sin querer convencerme a mí mismo: no hay nada que me dé mayor sensación de libertad que saber que las certezas no existen.  ...

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